10/07/2002

Jn 2: 13-17


Fue una mañana brillante la del día en que canonizaban a Juan Diego. Los altos dignatarios de la Catolicidad acompañaban al Papa, los mejores de los empresarios escoltaban al Señor Presidente, la más fiel de las multitudes esperaba ansiosa un milagro.

La Basílica de Guadalupe estaba a reventar, y en la gran explanada del Tepeyac los concheros trataban de continuar su danza en un espacio casi inexistente. Pocos repararon en que por el acceso sur llegó Jesucristo con algunos de sus discípulos, parecía tranquilo, pero mientras el mar de pueblo le abría paso hacia los invitados de honor, las cámaras de televisión enfocaron su Divino Rostro ardiendo en cólera.

Poco antes de llegar ante el Obispo de Roma, arrancó el tolete a un granadero que intentó hacerle frente. —¿¡QUÉ HABÉIS HECHO DE LA CASA DE MI MADRE!?— gritaba iracundo mientras tundía a garrrotazos a un pobre vendedor de imágenes que se escabullía entre los guardaespaldas de una importante dama de sociedad.

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