27/01/2003

Después de Sócrates —en cierto sentido—



El doctor prosiguió cuestionando a la estudiante de posgrado: —... Y me dice usted, que este grupo de filósofos presocráticos descubrió que el tiempo es una flecha...

—Sí, sí... ¡Una flecha que apunta en ambas direcciones! —lo interrumpió con vehemencia la joven— y luego, valiéndose de tecnologías que se llevaron consigo, empezaron a vivir su vida en sentido contrario al resto de los mortales.

—Pero, ¿y ese fluir a velocidad de vértigo...? —A duras penas pudo el académico contribuir al hilo de la conversación.

—No sé como lo hicieron, mas puedo afirmar que en el trayecto han convencido a muchos otros, a sabios, principalmente. —La discípula incrementó el ímpetu con el que explicaba tanta idea que traía en el cerebro—. ¡Vienen egipcios, trogloditas, semidioses, humanos de software...!

Él había observado el orden preciso que ella desplegara en la enumeración de los visitantes. —Y, según usted, en el Big Bang tuvieron algunos problemas para cruzar. —Aseveró, reflexionando en voz alta más que dirigiéndose a su interlocutora—. Supongo que en cuanto lograron pasar reanudaron su carrera. ¿Y el Big Crunch? ¿Qué sucederá cuando ese extremo choque con este otro, cuando alcancen el punto original de partida?

—Maestro —fingió una súplica la voz femenina, ante la inminencia de los acontecimientos— recíbalos, por favor. Hace rato que esperan. Además, usted y yo sabemos que está escrito.


21/01/2003

Artilugios de la mente


El Escoria acostumbraba pasar las horas de la mañana acurrucado sobre la piedra de amasar, con los ojos bien abiertos y fijos en la carne colgada del garabato, relamiéndose los bigotes. Yo, por supuesto, vigilando siempre al uno y lo otro.

Hoy amanecí como iluminada..., lúcida y con una imagen del Mundo fresca e inteligente: he colgado al minino del viejo armatoste de fierro. Ahora puedo dejar la carne donde sea.

Mañana acaso despierte aun más creativa, y cocine al gato para la cena.

20/01/2003

Nican Mopohua


Espantado, Juan Diego Cuauhtlatoatzin cayó de bruces —¿No eres tú el más humilde de mis hijos?, ¿acaso no soy la hermana de tu corazón? —le preguntó la dulce voz femenina. Y no fue sino hasta que se atrevió a levantar la cabeza que deslumbró sus ojos una telaraña descomunal, de inexplicable belleza.

Los radios y la espiral refulgían iridiscentes al sol de la mañana y, tímido, se atrevió a tocar —¿No soy tu Madre a la que vienes en pos de abrigo, esa Virgen con la que sueñas en tus noches de desesperación? —¡las palabras mágicas lo habían atrapado!

La araña se acercó poco a poco. En el umbral de la muerte, el desdichado macehual oyó que le susurraba—: Soy Tócatl, la seductora, la Tzintlatlauhqui.

17/01/2003

Espalier

De forma imperceptible y constante, a través de los años, el árbol ha urdido sus ramas contra la improvisada celosía del antiguo muro. Para los monjes es el punto obligado de referencia —un rincón agradable, fresco de día y al abrigo del viento cuando oscurece— que además, de madrugada, les ahorra el frío y la distancia hasta las letrinas.

En determinados días, el árbol excreta una resina más pegajosa que de costumbre. Por su parte, la corteza parece deshilachada y elástica. En tales noches desaparece alguno de los frailes que salen a mear; a nadie le importa, y el suceso se atribuye a una más de esas frecuentes deserciones.

Hoy, sin embargo, es al Abad a quien se echa de menos... Parece que se perdió entre maitines y laudes.

16/01/2003

Sechs Knoten

Hurga con desesperación su desordenada colección de cestas, cuerdas, redes y encajes. Patea todo y escupe sobre todo. Necesita entender los nudos que él mismo grabó días atrás y que ahora se resisten a ser interpretados. Son las tres de la mañana y su mente febril divaga por una imaginaria e intrincada neblina de voces —antiguos druidas, doctores árabes, sibilas— mezcladas con terribles visiones. Impreca a gritos contra Dante y Leonardo... Luego se arroja al piso para maldecir, entre vómito y gimoteos, aquella hora cuando suplicó ser iniciado. Suenan las cinco y tiene la cabeza atiborrada de trenzas, concatenaciones y ángulos imposibles. Camina —ávido y resignado— hacia donde guarda el precioso remedio y, aun sabiendo que así acelera su decadencia, lo necesita más que nada. Levanta la tapa y siente —en anticipación— el tremor, la angustia y la sed inextinguible. Seis arañas ascienden con lentitud los brazos, se esparcen por el cuerpo, caen los párpados... ¡Inspiración bendita!

14/01/2003

THEIAI MOIRAI

Lachesis les provee hebras de sensualidad: aromas, sabores y visiones desconocidos para el común de los mortales; fibras de talento y gracia; texturas de bondad y armonía. Cloto teje para ellos biografías plenas de aventura y romance, les hilvana utopías y anhelo por la Eternidad y, con estas vidas devana amor, libertad y justicia.

Pero es Atropos la que más disfruta: se desternilla de risa mientras con su tijera corta las cándidas ilusiones de estos miserables. Entonces, juntas, las tres hermanas se asoman al abismo, sólo por el placer de ver cómo sus favoritos se alejan en sufrimiento, hacia la nada... con todos los demás.


12/01/2003

El regreso

If in the twilight of memory we should meet once more, we shall speak again together and you shall sing to me a deeper song. ~Gibran Khalil Gibran

Y Aglaia, que sostenía una flor contra su pecho, gritó: —¡Háblanos de la seducción, y de aquellos que caen en sus abismos!

El Profeta volvió sobre sus pasos y respondió: —Pueblo de Orphalis, la seducción es una telaraña que creemos que otro teje para nosotros. Pero, en verdad, se hila con nuestros deseos, los más íntimos y ocultos. Por eso vemos a través de ella al amado enemigo, sin saber que él también nos vigila entre hebras de seda.

—Y esos precipicios, que ansiosos abrimos en nuestras entrañas, son la cruel perdición, a menos que descendamos hasta lo más profundo del alma. Entonces la red que hemos tejido se hermana y complementa con la sima abismal... ¡en ese momento —y sólo por ese momento— somos Dioses que caminan el amanecer de la Tierra!

La multitud comenzó a dispersarse, acaso pensando los unos en los otros. El Elegido terminó de descender la rampa y, sin voltear, hizo una seña a los marineros, quienes disgustados soltaron las amarras y levaron el ancla. Los ojos de Al-Mustafá siguieron hablando para la mujer de ojos verdes: —Y si nuestras manos se encuentran en otro sueño, habremos de construir más torres en el cielo.