17/01/2003

Espalier

De forma imperceptible y constante, a través de los años, el árbol ha urdido sus ramas contra la improvisada celosía del antiguo muro. Para los monjes es el punto obligado de referencia —un rincón agradable, fresco de día y al abrigo del viento cuando oscurece— que además, de madrugada, les ahorra el frío y la distancia hasta las letrinas.

En determinados días, el árbol excreta una resina más pegajosa que de costumbre. Por su parte, la corteza parece deshilachada y elástica. En tales noches desaparece alguno de los frailes que salen a mear; a nadie le importa, y el suceso se atribuye a una más de esas frecuentes deserciones.

Hoy, sin embargo, es al Abad a quien se echa de menos... Parece que se perdió entre maitines y laudes.

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