20/01/2003

Nican Mopohua


Espantado, Juan Diego Cuauhtlatoatzin cayó de bruces —¿No eres tú el más humilde de mis hijos?, ¿acaso no soy la hermana de tu corazón? —le preguntó la dulce voz femenina. Y no fue sino hasta que se atrevió a levantar la cabeza que deslumbró sus ojos una telaraña descomunal, de inexplicable belleza.

Los radios y la espiral refulgían iridiscentes al sol de la mañana y, tímido, se atrevió a tocar —¿No soy tu Madre a la que vienes en pos de abrigo, esa Virgen con la que sueñas en tus noches de desesperación? —¡las palabras mágicas lo habían atrapado!

La araña se acercó poco a poco. En el umbral de la muerte, el desdichado macehual oyó que le susurraba—: Soy Tócatl, la seductora, la Tzintlatlauhqui.

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