15/07/2009

Lucidez

 "...Sólo pido que escurra ese cabello
entre estas manos ávidas de ti, del sol entre tus piernas
y del sol que se escurre por las hojas y refleja
tu sombra en mi mirada, turbia de llorar
tras no pedirte un beso…"

A menudo, durante el vuelo nocturno, se encontraba recitando este poema que encontró manuscrito junto al libro de horas de una joven rubia de cabellos como el oro, a la que no se atrevió a morder —aunque permaneció mirándola dormir hasta casi ser sorprendido por el día, entre cuyas primeras sombras tuvo que cobijarse mientras huía de ahí a toda prisa.  Y es que añoraba el Sol que nunca había sentido sobre la piel.  Poco antes del amanecer, en algún páramo desolado, jugaba a que lo perseguía la penumbra, aun a riesgo de resultar calcinado.  En las noches de luna llena, se le quedaba mirando, extático, elucubrando acerca de la fuente de tanta luz.  En su ataúd, soñaba que yacía en alguna playa tropical, que exploraba inmensas selvas tórridas, que desfallecía de alegría en el desierto, o que partía en la primera misión tripulada en dirección al Astro Rey.  Una noche, a la hora de comenzar las rondas, no apareció, cuando fueron a buscarlo sólo encontraron un puñado de cenizas doradas sobre el raso blanquísimo.

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