07/04/2010

Juego de rol

Sí que la había sorprendido. Disfraces perfectos: él, de elegante Nosferatu, ella, de una exquisita y sensual Erszbeth Báthory; medias, tacones, capas... Y los colmillos, de un finísimo metal cerámico.

¡Y ese espejo!, verdadera joya de la tecnología, le había costado un dineral, pero lo valía. No podía dejar de contemplarlo mientras se enfriaba la champaña y su dama se vestía. Con quién-sabe-qué circuitos electrónicos creaba la ilusión de no devolver imagen ninguna, un juguete excepcional.

A media luz, comenz
ó a besarle el cuello, al tiempo que se fantaseaba invisible. De súbito, vio cómo el reflejo de ella lo miraba, con los ojos inyectados y a punto de clavarle los colmillos.

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