05/02/2012

Taxonomía

Lord Dimplefield, el gran explorador británico, honraba a las mujeres de su vida en la flora y fauna que descubría: había una Elvira antiquus, una Heliconius adela e incluso una Vanessa vanessa —entre los lepidópteros. Bautizó también orquídeas como la Australorchis nurii, y existe un lirio cuyo nombre científico es Ariadne auratum.

Cuando sentó cabeza se dedicó a organizar sus colecciones, a escribir una buena cantidad de tratados y se casó —¡escándalo en la Real Sociedad!— con aquella mesonerita que le cautivara el corazón en Dover.

Todo iba bien, pero a las pocas semanas de vida conyugal Lady Dimplefield comenzó a quejarse de que ella, su esposa, no estaba inmortalizada en planta o insecto alguno. Ante la insistencia —a sus años y de mala gana— el naturalista emprendió una última expedición, en busca de algún espécimen exótico digno de su mujer.

Nunca se supo más de él, hay colegas suyos que lo vieron entre las garras de un gigantesco averangutang en dirección a la cumbre de un volcán en erupción, otros juran que un extinto plesiosaurio de río lo jaló hacia el fondo de una insondable turbulencia. Y hay quien dice que se perdió tras la pista de Sien-kiang, Didanwi, Uruéntzari y otras paradisiacas nativas.

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