10/02/2004

Cazadoras

—Los animales, hija mía, no tienen sentimientos... ¡Acá, alcánzame la parrilla, eso...! —decía la madre mientras desollaba la presa— pero son capaces de sufrir...

—...Claro que no son seres racionales, ah, y no ven todos los colores que disfrutamos nosotras... ¡te va a salpicar la sangre, retírate un poco! —seguía su lección y trabajaba con el cuchillo al mismo tiempo.

 ¡Ya está! —exlamó, y ambas se arrodillaron. El fuego estaba a punto.

 —Nunca olvides, mi pequeña, que somos discípulas del Sagrado Camino y nunca matamos por placer, sólo lo que nos vamos a comer y... —acortó el discurso al observar los ojos hambrientos de la niña— nunca cazamos nada que tenga cuatro patas, sólo humanos... ¡Da gracias conmigo!

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