09/11/2009

El cristal con que se mira

Las tres pistas se abarrotan poco a poco, los payasos reparten los lugares: aquí los contorsionistas y los magos, por acá los mozos y botadores, allá el maestro de ceremonias y los de la iluminación, acullá las ecuyeres y el domador; arriba, se acomodan los trapecistas y funámbulos con los demás acróbatas; en las jaulas, las fieras comparten el espacio con los monociclos, los enanos y una serie interminable de aparejos. El cuchilleca, la mujer barbuda y el oso llegan tarde, pero se sientan como pueden, en silencio y quietecitos.

Todos miran con atención al público, que no ha dejado un lugar sin ocupar, incluso escaleras, rellanos y galerías. El respetable guarda el más respetuoso de los silencios, y llega la manada de elefantes, que derriba las hasta entonces sólidas tribunas, la gente cae al vacío, los de arriba aplastan a los de abajo, los niños quedan apachurrados y aquello se vuelve un caos de tripas, sangre y extremidades. Los alaridos de terror superan los barritos de los paquidermos, pero encima de tanto morir se escucha el aplauso de la familia circense, todos de pie, unidos en una estruendosa ovación: los payasos, los trapecistas, los enanos, la mujer barbuda..., el oso...

Cuando se disipa la polvareda hay montones de cadáveres por todos lados, aunque aún se escuchan lamentos y gritos de dolor. Mujeres y niños agonizan con débiles gimoteos. Mas ha sido un espectáculo fabuloso, el público de este lado queda satisfecho, ¡nunca habían visto nada igual!

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